miércoles, 21 de mayo de 2014

Historia de un Dios

Había una vez, en un Reino muy Cercano, un Dios que vivía dentro de una botella. (Sí, una "botella").

La botella era pequeña, insignificante, pero cualquier Dios puede crear su propia realidad así que este había hecho milagros con aquella pequeña botella. 

Allí había creado unos jardines bellísimos, incluso con un pequeño arroyo y una cascada. (No se limiten aquí, recuerden que estamos hablando de un Dios). Árboles frondosos con cantidades de pájaros, montañas nevadas en el horizonte cercano y no podía faltar una hermosisima casa donde vivía muy feliz, todo allí, dentro de la "Botella-Universo".

La casa tenía una gran sala de estar donde había colocado decenas, centenas (y hasta quizás miles) de libros de todo tipo. 

Aquellos libros le daban gran calidez al lugar y el Dios pasaba mucho de su tiempo sentado observando los lomos de esos interminables ejemplares llenos de sabiduría. 

Al Dios no le hacía falta leer, pero era su regocijo pasearse por aquellas cajas de historias que almacenaba con tanto cariño. Además, ¿qué otra cosa podía hacer?

Desde la sala se veía a través de una gigantesca ventana todo lo que estaba más allá de la casa, y Dios pasaba largas horas apreciando la belleza de su creación.

Con el tiempo y la magia de Dios el universo-botella tenía mucho más de lo necesario. Él era muy sencillo y modesto en su existencia y siempre se recordaba:
- "Mi vida es bella, aquí tengo todo lo que me gusta. No me falta nada".

Incluso en las mañanas se levantaba temprano a desayunar junto a la ventana y se auto-agradecía por todo aquello.


Pero un día... como no podía ser de otra manera, Dios sintió que le faltaba algo más. No podía explicarlo pero su universo comenzó a hacerse monótono. Las aves que revoloteaban alrededor de la casa ya no tenían la gracia de antes. El arroyo y la cascada que tanto amaba iban perdiendo su música. Las montañas parecían grises y distantes. Y oh, cielos! ¡Los estantes de los libros se veían arqueados por el peso de su carga!

Dios se hizo el tonto por un tiempo y pensó que aquello pronto volvería a la normalidad así que cambió su rutina. Aseaba más la casa, pintó las paredes y el techo de colores vivos, comenzó a componer canciones e incluso pasaba mucho tiempo silbando o haciendo ejercicios. 

Dios tenía mucha imaginación así que pronto logró distraerse y ajustar su existencia.

No pasó mucho tiempo cuando el síntoma regresó. Esta vez Dios recordó que él era un Creador, que podía manifestar lo que se le antojara. Así que decidió salir a caminar y observar qué era lo que le estaba faltando a su universo-botella. "Lo que sea necesario, yo lo crearé", pensó, con total convencimiento.


Continuará...

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